Por Gabriel Pereyra. Video e imágenes: Cecilia Arregui.
Quizás por su instinto femenino, quizás porque ya había extrañado bastante porque él había participado en dos misiones de paz en Haití, o quizás porque la tercera es la vencida, Yisel (37) no quería que su esposo, el cabo Marcelo Peña (35), se volviese a ir, esta vez a integrar el batallón de cascos azules uruguayos asentados en el Congo.
Con los US$ 1.000 mensuales que había cobrado en cada misión en Haití -nueve meses la primera y seis la segunda- más el sueldo doble que durante ese período le pagó en Uruguay el Ejército, Marcelo había comenzado a construir un sueño impensado con lo que el Estado le pagaba por ser un soldado de la patria. Compró una pequeña casa, ubicada en la periferia de Paso de los Toros (Tacuarembó), en un barrio donde abundan las construcciones humildes, algunas incluso con chapa a la vista, en medio de calles de tierra por donde vagan perros sin collar.
En la casa vivían, aún viven, cuatro de sus cinco hijos (Alexis de 17 años, Agustina de 14, Leandro de 13 y Diego de 6 comparten un dormitorio), mientras que en un sillón del comedor duermen su primogénita Micaela (19), con su marido y su hija recién nacida. El otro dormitorio era el de Yisel y Marcelo. Con lo que ganó en su segunda misión en Haití, Marcelo logró amueblar la casa. El tercer viaje al exterior tenía por objetivo arreglar la vivienda porque, entre otras cosas, los días de lluvia el techo era un colador, y de esos con agujeros grandes.